Basta sentarse un rato a ver televisión en horario triple A, para que empiecen a aparecer las muestras más interesantes de un nuevo fenómeno que se cuece en las cocinas de las agencias de publicidad, y que a partir de ahora se empieza a conocer como "adverbullying", o el matoneo psicológico de los anunciantes para "persuadir", como lo hacen los gorilas de cualquier oficina de cobro, a los consumidores a comprar sus productos o servicios.
Claro que esta práctica novedosa no incluye las clásicas manillas ni las temibles coronas de flores y sufragios que llegan a nombre del consumidor que ha dejado de usar ciertas marcas o ciertos productos. No. Hasta ahí no llegan nuestros geniales creativos publicitarios, y sus agradecidos promotores, los anunciantes.
Simplemente se limitan a contratar, por ejemplo, a uno de esos comediantes que desde hace cerca de diez años empezaron a ponerse de moda, esos que cuentan chistes flojos en cadena, de una forma tan divertida e iterativa que no queda más remedio que reirse y aplaudir como locos con la esperanza de que se callen un momento para poder descansar un rato de las ráfagas de lugares comunes y estigmatizaciones racistas, sociales y de toda índole que son el alimento preferido de su repertorio humorístico.
El comediante, ante el equipo de producción de comerciales, el equipo creativo y media docena de gente de la agencia y del cliente que se la pasan días enteros durante la filmación comiendo refrigerios cada quince minutos, se despacha en un monólogo genial, inspirado en algún guión garrapateado por un aburrido copywriter que sabe que el comediante "lo arregla", y aprobado por un director creativo que sabe que el comediante "lo arregla", y avalado por un cliente que sabe que el comediante "lo arregla", y dedica unos quince o veinticinco segundos a denostar de aquellos hombres que usan cualquier shampoo diferente al que él sabia y humorísticamente pretende vender.
La "gran idea" detrás de campañas como esas es la de hacer sentir "maricas" o "gays" o "nenas" o "afeminados" o "señoritos" o "mariposos" o "locas" a todos los tipos que se atrevan a usar el shampoo que usa o compra su esposa, su mamá, su hermana, su novia, su tía, su abuela... Bueno, ya creo que la idea está clara.
Y lo más chistoso de esas campañas en las que subyace una actitud homófoba sin límites, y cuya estrategia revela de alguna forma el estado de nuestra fibra moral, es que los mismos comediantes que pretenden llevar a cabo su matoneo psicológico son los que, paradójicamente, en medio de su discurso pro machos, pro hombres, pro músculos y fuerza y voz gruesa y gestos agresivos y seguros, bigotes y barbitas bien delineaditas, aparecen en su discurso más afeminados y delicados que los mismos shampoos que tan duramente critican.
Eso suele pasar con los matones. Ese es el origen del matoneo. El adverbullying nos muestra ese afán irracional de quienes aparentemente son más fuertes, siendo débiles, y llevándose en su rabia a los demás, en este caso, a los consumidores.
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